¿Cómo leemos?: Los universos más allá de las palabras

¿Cómo leemos?: Los universos más allá de las palabras



En términos generales, la pregunta sobre cómo leemos puede responderse de muchas maneras, pero lo interesante, es que estas respuestas conjugan cuanto verbo puede existir y, de antemano, incluyen implícitamente un método: sentados, acostados, en el metro, rápido, despacio, distraídos, entretenidos, etc. En mi caso particular, cuando me hice esta pregunta pensé en mi escritorio, en el lápiz, en los señaladores y en un par de libretas que me acompañan durante la lectura. El escritorio no es tan obvio, pues podría, sin problema, leer en las escaleras, en el sofá, en el comedor, en la cama, pero ese mueble con vista a la pared, destinado a reposar en la última habitación bajo la sombra de los estantes de mis libros, parece acomodado a la anatomía de mi cuerpo (o tal vez, él ha moldeado dicha anatomía, no lo sé) y permite que la lectura se extienda mucho más que en cualquier otro lugar. Por su parte, y al contrario de lo que me enseñaron de pequeño, el lápiz sirve para rayar mis libros, y nótese él énfasis que hago en el posesivo de la primera persona. Con él subrayo apartados, frases, figuras, párrafos, páginas, en suma, todo lo que tenga el poder de sugestionarme, que por lo general son las palabras desconocidas e ideas que me impresionan por su brillantez y solidez en la interpretación de la naturaleza humana y la sociedad, pero también y en mayor medida, porque me enamoro de la poética y la capacidad del autor para hilar las palabras y expresar un sentido. A esta altura, entran en juego los separadores de colores que de inmediato se posan sobre las hojas donde el lápiz hizo su trabajo y luego, las libretas donde transcribo lo subrayado y hago los apuntes respectivos para entender por qué lo seleccionado alcanzó tal poder sobre mí. Pero allí no acaba el papel que interpretan las libretas durante mis lecturas, pues en ellas también consigno aquellos pensamientos que se presentan durante y que tratan de llevarme a la deriva y desviarme del ejercicio. Pero aquí no se agota mi respuesta, pues más allá del método, hay algo más importante y es el ejercicio posterior de tratar de aprehender el contenido del libro terminado en su totalidad, lo que me obliga a volver sobre él o sobre los apuntes que hice.

Desde mi punto de vista, leer, desde el tema más enrevesado hasta el más simple, requiere atención, lo que deja por fuera un par de verbos que cité en un comienzo, y es la razón por la cuál tomé la costumbre de agotar en una libreta los pensamientos que quieren distraerme. Leer no es un ejercicio de consumo, ni de llenar anaqueles o engrosar la lista de leídos y ayudarle a los indicadores que miden el número promedio de lecturas anuales en el país. No es una competencia deportiva. Leer tampoco es igual que ver la televisión o estar en el celular con los sentidos anulados por la pantalla, pues esta actividad, la de la lectura, los requiere alertas y agudos para descifrar el universo que un escritor crea con cada palabra, frase, signo de puntuación y estilo. Pienso, por ejemplo, que no es posible acercarse de una forma distraída al absurdo mundo kafkiano, pues ante la ausencia de un diccionario que permita entender el significado de cada uno de sus símbolos, es necesario detenerse a interpretarlos. Tampoco es posible adentrarse al cosmos de Saramago sin prestar atención a las claves gramaticales y semiológicas que hacen poner los pelos de punta a algunos maestros de lengua materna.Y mucho menos, sería posible, por citar un último caso, apropiarse de los cantos heroicos en el dificultoso español del Mio Cid. A este punto, hablando de una lectura distraída, se me viene a la cabeza una frase de Borges, que parafraseando sería más o menos así: No se debe sentir culpa por abandonar un libro, simplemente ese libro no es para usted, pero a riesgo de parecer atrevido con el maestro, presiento que estas palabras licenciosas tal y como las conocemos, no están del todo en contexto. Está bien y creo en ello, que por una razón mística cada libro tiene su momento, por eso hay que releer, pero ¿qué tal si nos quedamos a secas con dicha frase cuando una obra literaria se nos dificulta, la trama nos corroe e, incluso, me atrevo a decir, nos aburre o no nos excita lo suficiente? En mi caso la lista de abandonos sería más grande que lo leído. Una obra debe afectarnos como una catástrofe, en palabras de Kafka, pero incluso el aburrimiento, o el mal gusto que deja un libro que no consideramos como bueno, también hace parte de esta afectación. Se me ocurre además, que si dejamos este libre albedrío de dejar los libros, los profesores de literatura de colegios y universidades se verán en problemas. La lectura debe superar el gusto.

También hay que advertir que abrir los sentidos a la literatura contiene una contradicción, pues a los libros hay que entrar sin prevenciones, sin predisposiciones y dejar que lo que contiene nos consuma, pero hay que hacerlo con cuidado, no de lo que se puede encontrar en ellos, sino, de no perder de vista que cada obra, como dice Camus, marca a la vez la muerte de una experiencia y su multiplicación*, es decir, agota la realidad y la supera creando una nueva sobre sus ruinas, con leyes propias, pero que no pierden de vista lo ya agotado. El arte, y aquí sigo con Camus, No ofrece una salida al mal de ánimo. Es, por el contrario, uno de los signos de ese mal, que lo repercute en todo el pensamiento de un hombre. Pero por primera vez saca al ánimo de sí mismo y lo coloca frente a otro, no para que se pierda, sino para mostrarle con un dedo preciso el camino sin salida por el que se han adentrado todos**.

En este orden de ideas, si el mundo no tuviera misterios no existiría el arte, por ello, lo de leer con los sentidos alerta. Leer es crear junto con el autor el mundo a pesar de que no sea el mismo que este pensó en un principio. Los primeros razonamientos al respecto nos los dieron en la escuela cuando pedían encontrar una moraleja de lo que leíamos, pero si tomamos distancia de esas presunciones morales que encierra la moraleja, la forma en que leemos o lo que nos dice la lectura, puede hablar mucho más de nosotros de lo que creemos, de nuestra visión del mundo, cómo lo percibimos, o habla de él en sí mismo (piénsese en Monterroso). El llamado, insisto, es leer con los sentidos atentos, abiertos, alertas, para descifrar esos mundo y sus símbolos.

* Albert Camus, El mito de Sísifo, Alianza editorial, 2013, p. 123

** Ibid., 123-124



John Fredy Bedoya
5 de julio de 2024

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